Historia de una infección (Parte 1)

staphylo_presentacionHasta donde le llegaba la memoria, Stephen aureus había vivido siempre pegado a un palo de hierro. Los miembros más viejos de la comunidad decían que en tiempos pretéritos la comida era inagotable, la temperatura agradable y uno no tenía siquiera que preocuparse de fabricar moco para pegarse a una superfície. Ni Stephen ni ninguna bacteria joven les hacían mucho caso: aquellas viejas cascarrabias tendrían más de dos días, suficiente habían vivido ya.

En cualquier caso, el palo de hierro no estaba tan mal. Habían fabricado suficiente moco entre todas como para que las pérdidas de habitantes no fueran de más de unos cientos de bacterias por día. La comida escaseaba, eso sí. “Al menos no somos de esas que no respiran oxígeno“, se decía Stephen. Y tenían suerte por ello, ya que el hecho de no tener flagelos era casi una maldición. Si se hubieran quedado sin alimento, no podrían haber ido a buscarlo a ninguna parte.

No obstante, su vida era tranquila. Todo lo tranquila que cabía esperar para una bacteria, supongo. Fue en la octava hora de vida de Stephen cuando todo cambió.

En unos minutos en los que Stephen se encontraba fabricando péptidos de comunicación (para no perder el contacto con viejos familiares) el suelo empezó a temblar. Muchas bacterias murieron aquel día, y todo pasó tan rápido, que S. aureus no llegó nunca a descubrir qué había pasado realmente. Un humano salió al patio en el que se encontraba el hogar de Stephen, pero tuvo la desgracia de tropezar y caer de costado sobre el palo de hierro.

matrix

Lo primero que notó Stephen fue el cambio de temperatura. De los fríos veinte grados del palo, pasó a unos treinta y siete agradables. Todas las reacciones que se daban en su interior empezaron a acelerarse y Stephen se sintió con más fuerza que nunca.

La bacteria examinó el ambiente en el que se encontraba: estaba rodeado de tejido conectivo. Enormes adipocitos llenos de grasa se apretujaban entre fibras de colágeno. Algunos fibroblastos trabajaban en solitario fabricando todavía más fibras, que se unían entre ellas gracias a otras moléculas, formando una enorme red a la que las células se aferraban con sus integrinas. Había también proteoglicanos hinchados por el agua que acumulaban, contribuyendo a la sensación de falta de espacio. Sin embargo Stephen no dudó ni un instante de que aquello debía ser el paraíso: todo aquello podía comerse. La glucosa era tan abundante, que tampoco habría sido necesario comerse los proteoglicanos. Los transportadores de glucosa de Stephen estaban funcionando a toda máquina y el flujo no parecía disminuir. Tanto fue el cambio en el ambiente, que la expresión génica de Stephen cambió completamente: dejó de fabricar muchas enzimas necesarias para fabricar aminoácidos, ya que muchos se encontraban allí en abundancia. Los ancianos tenían razón.

Todas las bacterias supervivientes comieron tanto que empezaron a hincharse más y más. Se acabó la planificación familiar, había tanta comida allí que dividirse era casi una necesidad.

staphylo

La vida parecía que les había sonreído por fin. O eso creyeron. Tras unos veinte minutos de consumo de glucosa, polimerización y escasa biosíntesis, Stephen oyó unos gritos desde un grupo de bacterias cercanas. Algunas bacterias empezaron a fabricar desesperadamente una cápsula a su alrededor. Y entonces Stephen lo vio. Entre dos grandes fibras de colágeno y un par de proteínas fibrosas que las mantenían unidas, apareció algo terrorífico. Un brazo se hacía paso a través de las fibras haciendo fuerza para avanzar. La membrana de éste estaba llena de proteínas, pero diferentes a las que ninguna bacteria viva hubiera visto jamás. No tenían manosas ni demasiados azúcares pegados, lo que le daba un aspecto limpio y letal. Las proteínas parecían sumamente pegajosas, con forma de gancho, y se movían por la membrana como si buscaran algo. Stephen lo entendió: las buscaban a ellas.

Macrophage
El monstruo empezó a pasar a través de un hueco entre las fibras, y su citoplasma se desparramaba en el lado en el que se encontraban las bacterias. El tiempo había llegado. Pasó el núcleo de la célula (que se intuía a través de la membrana plasmática) a través del hueco. Algunas bacterias sucumbieron ante el terror y se desmayaron; otras, continuaron fabricando más cápsula. La bestia proyectó varios brazos hacia una bacteria que estaba ocupada adheriéndose a una fibra. Uno de los ganchos del monstruo se agarró tan fuerte a la bacteria, que a través de la bicapa lipídica de la membrana de la célula, pudieron ver como varias proteínas interaccionaban con el gancho desde dentro. Otro brazo se enganchó al pobre Staphylococco; y otro, y otro más. El citoplasma de los brazos empezó a envolver a la pobre desgraciada, hasta que sólo vieron un trozo de pared celular escapar del abrazo de la bestia. Finalmente, no vieron nada más.

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El macrófago dudó un instante tras comerse a su primera presa, y no siguió avanzando. Liberó algunas citocinas y se fue.

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